La máquina de escribir

evangelista

Los soportales de Santo Domingo, en Ciudad de México, llevan siglos escuchando historias. La plaza es testigo silente de un pasado al dictado.

En sus muros se aloja todavía el eco de las voces que, durante cientos de años, se acercaron a un escribiente para que les ayudara a escribir una declaración de amor, una frase amenazante o miles de palabras que construyen la inmensidad administrativa y burocrática de un país.

El pórtico mexicano se convirtió en una oficina sin puertas ni pared hace más de tres siglos. Allí se establecieron unos escribientes que, con sus papeles y sus plumas de ganso, redactaban las cartas y comunicaciones de muchas personas iletradas o que necesitaban la ayuda de un escribano para enviar una misiva o rellenar un formulario.

En los inicios los llamaron evangelistas. Hoy se llaman mecanógrafos. Antes llegaron a ser más de 100. Hoy acuden, cada día, unos 30. El oficio, que a menudo pasa de padres a hijos, ha ido evolucionando a la vez que lo hacía la tecnología y la historia de México. La pluma desapareció ante la máquina de escribir y la máquina de escribir electrónica, utilizada en la actualidad en Santo Domingo, desterró a la original. El soportal se llenó de puestos que hacen impresión digital y, a escondidas, hasta títulos universitarios y pasaportes falsos (aunque los especialistas en estos documentos, conocidos como coyotes o conseguidores, nada tienen que ver con la tradición escribana).

Es época de lluvias. En la plaza la tormenta parece un aluvión de flechas. Pero bajo el soportal, este sábado de verano, a las seis de la tarde, quedan algunos mecanógrafos sentados en sus puestos, frente a su máquina, por si llega algún cliente. El paseo por la galería se interrumpe mil veces por alguien que se acerca a preguntar si quieres imprimir algo. “No”. Desaparecen.

Miguel Hernández está en su mesa, junto al número 12 de la plaza. Un hombre con una gorra le dicta algo que lee en una blackberry. La escena dista de las estampas pintadas en el XIX donde mujeres, con vestido largo y sombrilla, y hombres, con sombrero y chaqueta, se acercaban a los puestos a contratar el servicio de redacción. Entonces escribían con pluma y tintero. Entonces eran los evangelistas.

Nadie sabe la fecha exacta en la que los escribientes establecieron su negociado en Santo Domingo. Las primeras referencias datan del siglo XIX pero los historiadores creen que el oficio llegó a la plaza en el XVI o XVII. Miguel Hernández, secretario general de la Unión de Mecanógrafos y Tipógrafos Públicos del Distrito Federal, piensa que la profesión surgió en ese lugar porque era un centro de actividad mercantil. “Ese edificio de ahí enfrente es hoy un organismo de educación pública, pero antes era la aduana. Ahí entraban y salían muchos documentos”, indica. “Esta área está relacionada con el comercio de la ciudad hacia Oriente y Occidente. Individuos de muy distintas identidades solicitaban el servicio. La tradición es muy larga”. http://kcy.me/wvkp

escribiente

Imágenes: Blista Blindenschreibmaschine (Wikipedia.org) y páginas de Los mexicanos pintados por sí mismos.

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